Vivir de viaje: ¿Un Estado Mental?

Hace un tiempo en un café de Montevideo y charlando sobre viajes y proyectos un gran amigo me dejó una frase que luego daría paso a este post:

“-Pero Maxi, estar de viaje es un estado mental. Ponete a pensar y te vas a dar cuenta.”

Me descolocó: es cierto y nunca lo había pensado de tal forma. Sabía que no es necesario irse de viaje al otro lado del planeta para estarlo, pero hablar de viajar  como una forma de ver la vida, no lo había analizado a fondo nunca.

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Lo que siento cuando estoy viajando:

Al nacer el Ser Humano tiene cualidades asombrosas. La capacidad de asombro es una de ellas. Cuando recién salimos al mundo, vemos el exterior con los ojos del “asombro”. Sin embargo, a medida que nos adulterizamos,   empezamos a ver que todo lo que nos rodea es normal y los cuestionamientos no son cuenta corriente en nuestras vidas.

Viajar reactiva mi capacidad de asombro: parece que el duende viajero pulsa un botón en mi interior y comienzo a ver todo desde un punto de vista diferente. Le presto atención a cada situación, a cada mirada. Soy una esponja que absorve cada escena como si fuera una cámara fotográfica, cada olor, cada color, para llenarme y crecer.

La capacidad de asombro lo abarca todo en mi y quizás pueda ser una síntesis para intentar contarles lo que siento cuando viajo. Mi capacidad de asombro se reduce a mis ganas de caminar, de conocer personas y sus historias, del interés por el otro, de sus costumbres y su forma de vivir en un lugar que no es el mío. Mi capacidad de asombro se reduce a lo humano, al Ser Humano.

 

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Vivir de viaje: ¿Un estado mental?

Qué tal si caminaramos por nuestra ciudad con la capacidad de asombro intacta? Al igual que si estuvieramos de viaje.  Qué tal si tuvieramos más interés  en escuchar al otro, de escuchar sus historias, o su vida también dentro de nuestra ciudad ?

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Se trata de ver la vida como un  viaje y transitar por ella con la capacidad de asombro intacta en cada momento, estando en China, en Taiwán o en Montevideo. Disfrutar cada charla como si fuera la última, mirar lo cotidiano como cuando vimos al Machu Picchu por primera vez. Mirar a los ojos como cuando quedamos absortos ante tanta magestuosidad del Iguazú o las Torres del Paine.

Valorar cada mate compartido y cada historia. Cada mirada, cada libro, cada palabra, cada abrazo. Valorarlos como si estuvieramos de viaje. Los viajeros sabrán de qué les hablo.

Se trata nada más ni nada menos que caminar la vida con los ojos de un viajero.

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